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jueves, 31 de agosto de 2017

No sólo la Dictadura fue cívico-militar; también lo es su hija, la Impunidad.



El musgo y la piedra


 
Al amanecer de este día de 1915, Joe Hill fue fusilado en Salt Lake City.
Este extranjero agitador, que había cambiado dos veces de nombre y mil veces de oficio y de domicilio, había cometido las canciones que acompañaban las huelgas obreras en los Estados Unidos.
En la última noche, pidió a sus compañeros que no perdieran el tiempo llorándolo:

Mi última voluntad es fácil de decir,
porque no dejo herencia para dividir:
Mi libertad es todo lo que queda.
No cría musgo la piedra que rueda.

Eduardo Galeano

De: “Los hijos de los días”
Ed. Siglo XXI de España Editores – 2012©


En: http://trianarts.com                                  

                                               

sábado, 19 de agosto de 2017

“Que las instituciones uruguayas empiecen, poco a poco, a reparar tanta impunidad”.- Gustavo Espinosa

Mi sueño sería que los gobiernos del FA dijeran 
“vamos a investigar de verdad, vamos a hacer que la justicia funcione, 
que se sepa la verdad”.
Liliana Pertuy

Aunque es de Treinta y Tres, Liliana Pertuy hace años que vive en Montevideo. Fue una de las detenidas entre el 12 y 13 de abril de 1975 en su ciudad natal. En esos dos días 38 jóvenes, de los cuales 29 tenían entre 13 y 17 años, fueron detenidos ilegalmente, torturados psicológica y físicamente durante semanas. El 30 de abril de 1975, el diario El País publicó un comunicado de prensa en el que el Comando General del Ejército culpabilizaba a estos adolescentes por no cumplir con las buenas costumbres, sostenían: “Marxismo: única meta de la destrucción moral” y “Descubren campamento: prostituían a más de 60 jóvenes”.
Si pensaron que recuperarían sus vidas cuando los dejaron en libertad, también se habían equivocado. A partir de entonces pesaba sobre ellos la prohibición de seguir estudiando en cualquier institución del país. Además, algunas familias fueron obligadas a irse del lugar. Fue el caso de la familia de Liliana, la historia de cómo llegó a vivir a la capital nacional.
Mientras estaba detenida, cuenta, cumplió 16 años. Después de mudarse a Montevideo, su relación con Treinta y Tres venía cargada de sentimientos contradictorios, sin embargo, este parece ser uno de los momentos que dejará una sensación de reencuentro.

Nosotras sí queríamos una placa en un lugar que era el centro de acción, concentración, socialización de todo lo que hacían los jóvenes, el Liceo Departamental en aquel momento. La inmensa mayoría de nosotros íbamos ahí, teníamos entre 13 y 20 años; pero 29 éramos menores, teníamos entre 13 y 17 años. Además pensando que esto es memoria para las nuevas generaciones, que diga “en este Liceo pasó tal cosa”, que puedan preguntar y documentar. Que puedan saber que hubo resistencia. En la solicitud argumentamos que en el Cuartel verían la placa los soldados que van a trabajar, pero esta placa tenía el sentido de la lucha, resistencia, libertad, que fue lo que nos empujó y nos inspiró a luchar contra la dictadura. Queríamos rescatar ese espíritu. Se aceptó que sea el Liceo. En pocos días comenzamos junto con el MEC y con personas en Treinta y Tres, a organizar esta movida. Treinta y Tres fue un departamento de una represión brutal. Siempre digo que hubo tantos presos y detenidos como votos tuvo el FA en la elección de 1971. Es terrible.

(...)

Yo no tenía una buena relación con mi pueblo. Porque fue muy horrible nuestro caso, porque nos echaron del pueblo. La gente nos tenía miedo, nuestras compañeras y compañeros del liceo cruzaban de vereda. Sobre nosotros no solo inventaron toda esa patraña de que éramos “marxistas-leninistas-come niños crudos”, también -y lo peor para el pueblo me parece a mi- dijeron que hacíamos orgías y todo eso. Yo tenía 16 años, cumplí 16 en el medio de la tortura, a esa edad imaginá lo que es que tus amigas y amigos, que tus compañeros del barrio no te saluden. Además nos echaron del pueblo, me vine a Montevideo, y tuve que rehacer mi vida. La mayoría hicimos eso, salvo algunos que se quedaron y la pasaron muy mal.
Siempre tuve una sensación de “este pueblo tan retrógrado”. En los últimos tiempos eso ha cambiado. Aunque no voy a sacarle peso a la justicia uruguaya, que es nefasta y que no existe para nuestro caso; pero de alguna manera existen otros casos de justicia como esta: que tu comunidad te rinda, no sé si homenaje, pero sí tributo, reconocimiento. Es una manera de hacer justicia.
Yo les decía a ellos (en Treinta y Tres) el día que se presentó el libro de (Mauricio) Almada, con más de 300 personas, que me emocionó ese encuentro.

(…)

Les conté de mi relación contradictoria, y que les agradecía por haber tendido este puente que me permitía ver a mi pueblo y ciudad con otra mirada. Siento que ellos han tendido un puente y que una puede cruzar ese puente, volver de otra manera. Allá hay un grupo de jóvenes que trabajan sobre memoria, me invitaron a marchar con ellos el pasado 20 de mayo, y fui. Hay puentes muy fuertes con esta nueva generación, y nosotras estamos apoyándolos fuertemente.
También colocar la placa en el Liceo tiene mucho que ver con eso de la prohibición de estudiar. A esa edad es como que te matan civilmente, qué vas a hacer a los 15 años, siendo estudiante. En el caso de mi familia, directamente la llamaron a mi madre y le dijeron que nos teníamos que ir del pueblo. Fue un destierro, a veces no se habla de eso, bueno en este país no se habla de muchas cosas (risas). A veces pienso que se habla de exilio, pero no de que también hubo destierros adentro del país. Imaginate que nosotros éramos gurises y gurisas bien del interior. Treinta y Tres era un pueblo de campaña prácticamente, que te conocés con todos, vas a bailar, al río.

(…)

Más allá que militábamos, teníamos conciencia, leíamos, decidimos enfrentar la dictadura, luchar por la democracia y las libertades; fue muy duro irnos porque fue muy dura la vida en dictadura, que también es de las cosas que no se habla en este país. ¿Cómo vivía la gente en esos 12 años de dictadura? Horrible vivíamos, todos los uruguayos y uruguayas. Este país era oscuro, miedoso.

(…)

Por ejemplo, si en una ciudad muy grande instaurás el nazifascismo es más fácil escabullirte, esconderte. Pero acá no, acá somos los que somos y todos se conocen. Eso dificulta muchísimo vivir en períodos de dictadura.
Montevideo para nosotros fue la ciudad luz, nos dio aire, nos dio oxígeno. Tuvimos que trabajar inmediatamente, nuestros padres fueron destituidos, echados. Eso significó desarraigos múltiples, rehacer vidas. Yo también empece a trabajar a esa edad, no para pagarme mis gustos, sino para ayudar a la familia, parar la olla, alquilar dónde vivir, empezar la vida nueva.
A mí Montevideo me encantaba, iba al cine, al teatro. Yo siempre digo “conmigo no pudieron”, digo tendré veinte mil rayes, pero siempre fui zafando. Apenas nos mudamos, con otra compañera, nos inscribimos clandestinas en una UTU de arte. Pasamos todo el año. Ella hacia cerámica y yo hacía serigrafía. Había como intersticios, y una decía por acá me cuelo, por acá respiro, por acá hay libertad. Eso fue muy importante.
Nosotras siempre seguimos militando, mas allá de todas las amenazas, porque nosotras fuimos procesadas por la justicia militar, siendo menores de edad, por atentado a la Constitución en grado de conspiración. Además les quitaron la patria potestad a nuestros padres. Si caíamos presas no solo íbamos nosotras, ellos también, mientras fuéramos menores.

(…)

Esa fue la vida después, pudimos hacer cosas pero es como quedarse entre paréntesis. Porque te hicieron perder 10 años de tu vida, de tu vida de verdad, donde acumulás. Siempre tuve la sensación de “estar atrasada”. Inclusive fui de las pocas que hizo una carrera universitaria, con un hijo chico, me divorcié y decidí hacerla porque era mi asignatura pendiente.
La hice, con mucho esfuerzo y sacrificio, todos los demás me llevaban ventaja, yo era extra edad, con un hijo, tenía que trabajar. Me recibí en 2004, empecé a estudiar en 1997 y hacía de a una materia, pero era mi asignatura pendiente. La sensación el día que me recibí fue: lo logré, los milicos no pudieron conmigo. Después encima pude trabajar de socióloga, así que felicidad completa.


Fragmentos de la Entrevista Liliana Pertuy: “Que las nuevas generaciones puedan saber que hubo resistencia”- publicada en:

http://www.diariovecinos.com.uy




 




domingo, 30 de julio de 2017

Hoy...



Profa. Virginia Martínez

"En general las historias de los perdedores me parecen más atractivas. Más humanas".


El libro La vida es tempestad. Historia de la familia Barrett. Literatura, resistencia y revolución (Ediciones de la Banda Oriental, 2017), de Virginia Martínez, recorre la peripecia de los Barrett a través de casi un siglo y dos continentes.

La investigación, dice Martínez en esta edición de En Estudio, partió de su interés por el tema, al que se sumó su desconocimiento. "Yo partí conociendo elementos y me fui involucrando con la historia. Primero, me fue resultando muy atractiva la literatura de Rafael Barrett. Toda su obra, de la cual conocía muy poco. Viste que el poema de Benedetti habla del "viejo anarco" como el abuelo de Soledad, y en realidad, Rafael se murió a los treinta y pocos años. Era anarco, pero no viejo. Me cautivó ese hecho de que, a través de la historia de esa familia, del abuelo, el hijo y la nieta, es como que tomaras un tren por la historia de América Latina. Traté de que fuera no solamente un libro de historia reciente, sino también una historia de personajes".

Martínez, escritora, investigadora, productora y cineasta, cuenta por qué decidió inclinarse por la escritura de un libro y no por la realización de un film o un especial de TV, y habla de los parecidos entre la escritura y el montaje del cine documental y el tiempo dedicado a la corrección y la búsqueda de una prosa cautivante. "Escribir no solo me interesa para plantear documentos, sino para contar bien una historia, que tenga tensión y atractivo para el lector. Hay una parte de la forma que para mí es importante, y en ese sentido puedo tocarme con el escritor de ficción, aunque acá no hay nada inventado", dice la autora.

"En general las historias de los perdedores me parecen más atractivas. Más humanas. Que de pronto para un lector pueden suscitar más identificación con una peripecia difícil. Las historias de vencedores son como más lejanas", dice, en otro momento de la entrevista.


En: http://www.canalm.tv

martes, 25 de julio de 2017

"En el último año de guerra se impuso una sanción de diez marcos del Reich por cada lágrima. En los corazones de las madres se instalaron micrófonos."- Elías Canetti

25 de julio de 1905
Búlgaro, de familia judío-sefardí , escritor en lengua alemana.

ORDEN Y RESPONSABILIDAD


Es sabido que quienes actúan bajo orden son capaces de perpetrar los actos más atroces. Cuando la fuente de la que emanan las órdenes se agota y se les obliga a volver la mirada sobre sus actos, ellos mismos no se reconocen. Dicen: eso no lo he hecho yo, y no siempre son conscientes de que están mintiendo. Cuando son confrontados con testigos y empiezan a titubear, añaden: yo no soy así, eso no puedo haberlo hecho yo. Buscan en sí mismos las huellas de sus actos y no logran encontraras. Es sorprendente ver lo intactos que han quedado. La vida que llevan más tarde es realmente otra y no está teñida en absoluto por esos actos. No se sienten culpables ni se arrepienten de nada. Sus actos no los han penetrado. Son personas que normalmente están muy bien capacitadas para evaluar sus acciones. Lo que hacen por propia iniciativa deja en ellas las huellas que cabría esperar. Se avergonzarían de matar a una criatura desconocida e inerme que no los ha provocado. Les produciría repugnancia torturar a nadie. No son mejores, pero tampoco peores que aquellos entre quienes viven. Más de uno que, por tratados a diario, los conoce íntimamente, estaría dispuesto a jurar que se les acusa de forma injusta. Pero cuando empieza a desfilar el largo cortejo de los testigos, de las víctimas que saben muy bien de qué hablan; cuando, una tras otra, reconocen al culpable y traen a su memoria cada detalle de su comportamiento, entonces toda duda se vuelve absurda y surge un enigma insoluble.

Para nosotros ya no lo es, porque conocemos la naturaleza de la orden. Por cada orden que el agente haya ejecutado, ha quedado en él un aguijón. Pero este le es tan extraño como lo era la orden misma cuando le fue impartida. Por mucho que el aguijón permanezca en la persona, nunca es asimilado, sigue siendo un cuerpo extraño. Si bien  es posible, como ya hemos mostrado en otro pasaje, que varios aguijones se junten y crezcan hasta dar origen a una nueva formación monstruosa, siempre permanecerán, sin embargo, claramente diferenciados de su entorno. El aguijón es un intruso, nunca queda naturalizado. Es indeseable, queremos deshacemos de él. Es aquello que hemos cometido, y tiene, como sabemos, la forma exacta de la orden. Como instancia ajena sigue viviendo en su receptor y le quita todo sentimiento de culpa. El afectado no se acusa a sí mismo sino al aguijón, la instancia ajena, el verdadero culpable, por decirlo así, a quien siempre lleva consigo. Cuanto más extraña nos resulte una orden, menos culpables nos sentiremos por ella, tanto más claramente seguirá existiendo como aguijón. Este es el testigo permanente de que nosotros mismos no hicimos esto o aquello. Nos sentimos como víctimas de él, y por ello no experimentamos sentimiento alguno por la víctima propiamente dicha.

Es cierto, pues, que las personas que han actuado bajo orden se consideran completamente inocentes. Si están en condiciones de enfrentarse a su situación, puede que sientan algo así como sorpresa por haber estado alguna vez tan absolutamente dominadas por órdenes. Pero incluso este impulso esclarecedor carece de valor, pues se hace presente demasiado tarde, cuando todo ha pasado hace ya tiempo. Lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir, ya que en estas personas no alcanza a desarrollarse ninguna defensa contra nuevas situaciones idénticas a la antigua. Quedan, en este caso,inermes, de nuevo a merced de la orden, solo vagamente conscientes de su peligrosidad. En el peor de los casos, por fortuna infrecuente, la asumen como una fatalidad y luego cifran su orgullo en haber sido instrumento ciego de ella, como si resignarse a esa ceguera fuera un peculiar rasgo de virilidad.

Sea cual sea el ángulo desde el que se la contemple, la orden, en la forma compacta y acabada que, después de una larga historia, tiene hoy en día, es el elemento aislado más peligroso para la convivencia humana. Hay que tener el valor de enfrentarse a ella y hacer tambalear su poderío. Hay que encontrar los medios y las vías para que el hombre mantenga su integridad frente a ella. No debemos permitir que nos rasguñe más que la piel. Sus aguijones deberán convertirse en espinas de las que nos podamos desprender con un leve ademán.

De: Masa y Poder
Elías Canetti


En: http://imap.latertuliadelagranja.com

jueves, 13 de julio de 2017

Las pruebas de la resistencia de Wole Soyinka

13 de julio de 1934- Nigeria
Escritor y activista.
Dos veces arrestado (1965 y 1967)
Recluido en una celda de aislamiento por 22 meses.

 


Los tañidos del silencio

Al principio hay una mirilla para ver a los vivos. Entra a hurtadillas en el patio de los lunáticos, los condenados a cadena perpetua, los violentos y los desquiciados, los tullidos, los tuberculosos, las víctimas del sadismo del poder a buen resguardo de las preguntas. Un pequeño agujero cuadrado abierto en la puerta, lo suficiente para que pase el puño de un carcelero y maneje el cerrojo desde ambos lados. También para que yo –con indiferencia, con grandísima indiferencia– le eche una mirada furtiva a las contadas y fugaces apariciones de una mano, un rostro, un gesto o, más a menudo, una visión borrosa en caqui, la espalda cuadrada del guardia plantada al otro lado. Hasta que, un día, el ruido de un martilleo. La mañana entera, un asalto de golpes multiplicados y amplificados por los excepcionales poderes de reverberación de mi cripta. (Cuando atruena, mi cráneo es el yunque de los dioses). Al mediodía esa brecha está sellada. Ahora sólo el cielo aparece abierto, un cielo del tamaño de una servilleta sujeta con largos clavos y botellas rotas, mas un cielo. Los buitres se posan en un tejado visible sólo desde otro patio. Y los cuervos. Las garcetas sobrevuelan mi cripta y los murciélagos pululan cual enjambre a la caída de la tarde. Murciélagos albinos, de un pálido enfermizo, que emiten señales de radio para merodear por la cámara de los ecos. Mas, de pronto, el mundo está muerto. Después de que cesen, los martillos persisten en su vehemencia por una eternidad. Incluso el cielo se retira, muerto. ¿Enterrado vivo? No. Sólo algo sobre lo que la gente lee. Las boyas y los mojones se difuminan. Lenta, inexorablemente, la realidad se disuelve y la certidumbre traiciona a la conciencia. Días, semanas, meses y, tan súbitamente como la primera muerte, un sonido nuevo, un cortejo. Unos pies que se acercan arrastrándose con un ruido metálico de cadenas. Y en este momento otra brecha que durante largo tiempo ha permanecido desapercibida, invisible, un desagüe abierto en la base del muro, este vacío lenta, toscamente, comienza a enmarcar unos pies engrillados. Nada antes había pasado tan cerca, tan pesadamente, por el desagüe del Muro de las Lamentaciones. (Así lo bauticé porque da al patio desde el que una voz estuvo gritando de dolor una noche entera y al alba se extinguió, sin haber recibido ninguna atención. Es el patio del que surgen cánticos y oraciones con una persistencia que sólo iguala la vigilia de los cuervos y los buitres. Y ahora, pies. Descalzos, a excepción de dos pares de botas con un caminar de peso muerto, para así ajustarse al ritmo de los grillos de los otros pies. Hacia el mediodía el mismo cortejo pasa en dirección contraria. Unos días después el cortejo vuelve a pasar y entonces los cuento. Once. El tercer día de este cortejo despierta con la aurora más dilatada que jamás haya nacido y muerto de silencio, un silencio ahíto y sobrecogedor. Mi recuento se detiene bruscamente después del sexto. Ya no hay más. En ese mismo instante el ritual queda al descubierto, el silencio, la encubierta conspiración del alba, los secretos amortiguados martillean con mayor fuerza que los grilletes en mi cabeza, todo, todo se descubre en un segundo de comprensión paralizante. Cinco hombres caminan en la otra dirección, cinco hombres que caminan aún más despacio, cansinos, con el peso del mundo en los pies, en cada paso, hacia la eternidad. Les oigo detenerse con cada retazo de vida que se encuentran, con cada latido del silencio, con cada mota en el sol, esos cinco para los que el mundo está a punto de morir. Sonidos. Los sonidos adquieren una cuarta dimensión dentro de una cripta viviente. Una definición que, como en el caso del trueno, se hace físicamente insoportable, y en el caso de lo que se espera pero no se oye, psíquicamente extenuante. Las señales de los murciélagos albinos llagan la barbulla de un oficio de vísperas, ya sea cristiano o musulmán, pagano o inclasificable. Mi cripta convierten en un caldero, una campana boca arriba preñada con todos los credos y cuyas sonoridades se unen, se remueven, se espuman, se cuelan en la urdimbre y en la trama del moho tiznado de los muros, de hongos de terciopelo verde tejidos por los dedos astutos de la lluvia. Desde más allá del Muro de las Lamentaciones la piedad malsana de las mujeres, esa paciencia inhumana con la que nacen, vaga sin rumbo para sacarle la agonía a latigazos al Muro del Purgatorio. Un batir de alas: un cerrojo blanco y ocre, una paloma torcaz que baja en picado y cruza, una lanzadera inquieta enhebrando remiendos de sol en este telar, el más oscuro. Pasado el muro, por encima de él, un crujido de hojas de árbol: ¡el rostro de un niño! Un cazador cándido se deja ver en su inocencia: un laberinto malvado. Reconoceré su voz cuando los cantos de los niños invadan el caldero de sonidos al atardecer, esta intrusión cadenciosa en la casa de la muerte. Sale el sol a su espalda. Se disuelve su cabeza en la charca, una lanzadera que se hunde en un telar teñido de un rojo encendido.

De: Lanzadera en una cripta


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